El aumento de la incidencia de la ansiedad entre los adolescentes es un hecho preocupante. La adolescencia es una etapa complicada de la vida. Si a eso le añadimos condiciones y fenómenos que están de plena actualidad como el bullying, internet y las redes sociales, el cóctel puede ser explosivo.
Señala la American Academy of Pediatrics que uno de cada 3 jóvenes entre 13 y 18 años puede experimentar episodios de ansiedad. Los trastornos de ansiedad diagnosticados han aumentado un 20% entre el 2007 y el 2012. Los datos provienen de EE. UU., pero son perfectamente extrapolables a España y a gran parte de la Unión Europea.
La dimensión que ha alcanzado esta escalada la convierte en una situación preocupante. Más si se tiene en cuenta que la ansiedad puede derivar hacia otros trastornos como la depresión, los trastornos sobre la conducta alimentaria (TCA), el consumo de sustancias estupefacientes e incluso el suicidio. No es una relación mecánica, pero los profesionales del Instituto Americano señalan el riesgo.
Los jóvenes en la actualidad viven en un mundo repleto de retos, estímulos externos y amenazas. El paso de la niñez a la edad adulta se da en unas condiciones de alta exigencia académica, para poder acceder a una educación superior; aceptación social, redimensionada por los medios digitales; y resiliencia, adaptarse a situaciones complicadas y superar fracasos.
Ante todo este sacrificio, el horizonte que se presenta ante ellos no es nada halagüeño. Precariedad laboral, paro juvenil, dificultad de acceso a la vivienda.
Este es el marco general. Cada persona lo asume de una manera diferente. Pero digamos que la adolescencia, que es la etapa en la que se termina de configurar la personalidad del individuo, no es el mejor momento para afrontar este panorama.
Los efectos de la ansiedad en la juventud.
La ansiedad se puede dar en cualquier etapa de la vida, pero indica la página web del Child Mind Institute que en la adolescencia se manifiesta de manera distinta que en la infancia y que en la edad adulta.
Los adolescentes ansiosos son diferentes de los niños ansiosos. Mientras los niños pequeños temen a factores externos como la oscuridad o que les pase algo a sus padres, los adolescentes dirigen su ansiedad hacia sí mismos: su rendimiento académico, su apariencia física y cómo son percibidos por los otros jóvenes. Frente a los adultos, cuya ansiedad suele ligarse a responsabilidades económicas o laborales, los jóvenes reaccionan con mayor sensibilidad a la presión social y a la aceptación del grupo.
En muchos casos, la ansiedad ha estado presente desde la infancia sin ser tratada, resurgiendo con fuerza ante la exigencia del instituto. En otros casos, surge por primera vez en esta etapa en forma de fobia social o ataques de pánico. Como los adolescentes son expertos en ocultar sus emociones, esta condición suele pasar desapercibida, manifestándose a través de conductas cambiantes como la irritabilidad, la agresividad, la falta de concentración o el aislamiento social.
Los síntomas de la ansiedad adolescente abarcan manifestaciones emocionales, conductuales y físicas. Es habitual observar un rechazo a la escuela reflejado en malas calificaciones, hipersensibilidad a las críticas y la evitación constante de situaciones nuevas o complejas. Del mismo modo, los jóvenes pueden refugiarse en amigos o personas cercanas, generalmente de su edad, experimentar insomnio o recurrir al consumo de sustancias como vía de escape. A nivel físico, esta angustia suele somatizarse en dolores de cabeza o de estómago.
Como sucede con los adultos, los adolescentes pueden experimentar crisis de ansiedad y ataques de pánico, donde se acelera el ritmo cardiaco, aparece sudoración e hiperventilación y se encuentran en un estado de alta excitación nerviosa. Sin embargo, salvo que no puedan anticiparse al momento, los jóvenes tienden a esconder estos síntomas, viviendo estos episodios en un lugar escondido, como puede ser su habitación o los baños del instituto. Un comportamiento que a veces hace complicado que padres y profesores se percaten del trastorno.
Las causas.
Las causas de la ansiedad en la adolescencia son múltiples y variadas. Entre ellas interfieren factores como la genética, la química del cerebro, el entorno social, su personalidad, las experiencias vividas, etc. Aun así, el doctor Jerry Bubrick, psicólogo clínico del Child Health Institute, agrupa estas causas en tres grandes grupos: el rendimiento, la forma en la que son percibidos y los cambios físicos propios de la adolescencia.
Muchos adolescentes sienten una presión abrumadora por obtener calificaciones sobresalientes para ingresar en la universidad. Esta exigencia supera con creces una intensa ética de trabajo, convirtiéndose en una búsqueda obsesiva por dar lo mejor de sí mismos que genera un estrés constante, incluso cuando su entorno familiar intenta reducir la tensión.
En segundo lugar se encuentra la preocupación por cómo son percibidos por los demás. Aunque la autoconciencia es algo natural en esta etapa, el Dr. Bubrick señala que en algunos jóvenes se intensifica de forma extrema, desembocando en una ansiedad social debilitante. Los adolescentes temen de manera excesiva ser vistos como incompetentes o estúpidos, conviviendo con el pánico continuo a hacer algo vergonzoso frente a los otros jóvenes con los que se relacionan. La preocupación de ser aceptados por los demás es algo que les afecta de sobremanera.
Por otro lado, los cambios físicos en sus propios cuerpos representan una importante fuente de malestar. Experimentar la pubertad antes o después que el resto de sus compañeros los hace sentirse fuera de lugar. Un desarrollo temprano en las chicas o una estatura baja en los chicos puede impactar profundamente en su autoestima y confianza. En los casos más severos, esta inconformidad evoluciona hacia un trastorno dismórfico corporal, donde el joven se obsesiona con un defecto físico real o imaginario hasta el punto de interferir en su vida cotidiana.
La adolescencia es también época de cambios anatómicos. Experimentan una serie de cambios hormonales más o menos severos, en poco tiempo, que tienen repercusiones en la química del cerebro. Algo que hace, por ejemplo, que sobredimensionen los sentimientos.
Diversos tipos de ansiedad.
La ansiedad, en realidad, es una categoría que agrupa bajo una misma denominación un conjunto de trastornos y enfermedades mentales que comparten entre sí una sintomatología. Por ejemplo, las fobias son un tipo de ansiedad.
La academia Health Valencia Academy remarca que el trastorno de ansiedad generalizada es uno de los trastornos de ansiedad más extendidos entre la población y, por supuesto, más habituales en la adolescencia.
El trastorno de ansiedad generalizada (TAG) se caracteriza por un estado de preocupación constante, excesiva e incontrolable ante situaciones normales de la vida diaria. Los adolescentes con TAG viven en un permanente estado de alerta, a menudo sin identificar la causa exacta de su angustia. Es normal que tengan respuestas desproporcionadas ante las exigencias de los estudios y de la familia, lo que dificulta seriamente su bienestar diario. Aunque no se da en todos los casos, la alta irritabilidad y los ataques de rabia suelen ser un rasgo habitual.
Dentro de los tipos de ansiedad frecuentes entre adolescentes, encontramos las fobias específicas, que consisten en temores intensos, irracionales y persistentes hacia situaciones o contextos donde el peligro real es mínimo. Durante la etapa adolescente, una fobia especialmente extendida es la glosofobia o miedo a hablar en público, o la antropofobia (temor a interactuar con otras personas). Entre algunos jóvenes también se dan casos de fobia social. En el que el joven, por sistema, evita ambientes concurridos.
Estos miedos desmedidos, nacidos con frecuencia de una experiencia previa traumática o vergonzosa, provocan una evitación sistemática que limita su vida académica y la forma con la que se relacionan con los demás.
El trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), otro de los trastornos de ansiedad, algunas veces aparece durante la adolescencia. Este trastorno se articula mediante la irrupción de pensamientos o imágenes recurrentes (obsesiones) que generan un profundo malestar en el joven. Para mitigar esta angustia y tratar de recuperar el control, el adolescente se ve impulsado a efectuar rituales o comportamientos repetitivos (compulsiones), como comprobar que los objetos están ordenados de una determinada manera o lavarse las manos en exceso. Este ciclo obsesivo-compulsivo entorpece su gestión emocional y consume un tiempo valioso, que complica su autonomía y su adaptación al entorno.
Cómo afrontarla.
Hasta ahora hemos estado viendo la ansiedad en los adolescentes desde un punto de vista general. Sin embargo, cuando tratamos un caso concreto, como dicen los psiquiatras en Alicante de la clínica Dr. José Antonio Hernández, psiquiatra alicantino que ha trabajado como especialista en psiquiatría durante más de 30 años en el Hospital Provincial de Alicante, hay que hacerlo de una manera individualizada. Analizando las manifestaciones concretas que tiene la ansiedad en el joven paciente y prestando atención a su historial médico y a su entorno social y familiar.
Si bien esta debe ser el enfoque general, la página web Nemours Teen Health propone una serie de medidas o trucos para evitar que las crisis de ansiedad se disparen en un adolescente.
Según esta web, superar la ansiedad requiere un enfoque activo y estratégico que comienza por adoptar una mentalidad de crecimiento. Quienes poseen una mentalidad fija asumen que sus temores son inmutables; sin embargo, la neurociencia ha demostrado la capacidad del cerebro para aprender nuevas formas de responder. Entender que, con esfuerzo y práctica, es posible entrenar nuestra mente ante el miedo, resulta fundamental para cambiar la relación que el adolescente mantiene con la ansiedad.
El primer paso práctico consiste en identificar las sensaciones corporales que acompañan una crisis de ansiedad. Palpitaciones, sudoración en las manos o nudos en el estómago son manifestaciones físicas normales de la respuesta del cuerpo ante un peligro. En lugar de luchar contra ellas o darles todo el protagonismo, el objetivo es reconocerlas, aceptarlas y permitir que pasen a un segundo plano mientras desaparecen de forma natural.
Para acompañar este proceso, la respiración profunda y pausada actúa como un ancla biológica. Inhalar en cuatro tiempos y exhalar en seis no erradicará la ansiedad de golpe, pero reducirá su intensidad, permitiendo recobrar la calma necesaria para actuar. Al mismo tiempo, resulta clave reestructurar el diálogo interno. Cambiar pensamientos derrotistas como “no puedo hacer esto” por afirmaciones liberadoras como “estoy preparado”.
La clave definitiva es enfrentar la situación sin esperar a que la angustia desaparezca por completo. Posponer las acciones hasta sentirse totalmente cómodo solo perpetúa el temor. Enfrentarnos a la situación que provoca ansiedad educa al cerebro del adolescente en comprobar que la amenaza es manejable.
El estigma social.
Si bien es cierto que cada vez se habla más sobre salud mental, no lo es menos reconocer que se trata de un tema tabú y en gran medida estigmatizado.
Una falta de reconocimiento que afecta especialmente al adolescente, tan preocupado por la aceptación social, bien en sentido obsesivo, sentirse aceptado por el grupo, como desde un punto de vista victimista, “soy un incomprendido”.
Admitir que se tiene un problema es el primer paso para poder resolverlo. Da igual a qué se achaque la causa o la culpa. A la relación con la familia, al estrés, al aislamiento social, al ciberacoso… Lo primero es aceptar que hay algo que causa malestar, le produce angustia y no deja al joven vivir tranquilo.
En ocasiones es necesario aprender a desconectar. Desconectar de las redes sociales, de los grupos de WhatsApp, de la relación con aquellos grupos de personas que no producen ningún bien y armarse una coraza de manera que no le dañen las opiniones y comentarios negativos.
El adolescente suele ser un poco egocéntrico. Piensa que todo lo que ocurre gira a su alrededor. Que sus problemas son exclusivos y personales. Adoptar el punto de vista de que otras personas pueden estar pasando por lo mismo que ellos les da fuerza para encarar la situación.
El apoyo en la familia es otro de los pilares importantes. Aunque la relación del joven con sus familiares no esté pasando por su mejor momento, la familia tiene varios aspectos, y uno de ellos es el cuidado. Padres y hermanos están preocupados por la salud del adolescente y desean que esté lo mejor posible.
Por último, buscar ayuda profesional es clave para superar la enfermedad y evitar que se agrave o se haga crónica.