Que las ojeras no te hagan sufrir.

A veces te levantas, te miras en el espejo y lo primero que te saluda es un par de sombras que parece que han pasado la noche de fiesta sin ti, dando esa sensación de cansancio que ni el mejor café del barrio termina de disimular, y es que las ojeras tienen esa habilidad para aparecer en el momento menos oportuno y quedarse como si tuvieran contrato fijo. Aunque muchas personas las relacionan con dormir poco, quienes las sufren a diario saben que la historia es bastante más amplia y que no desaparecen por arte de magia en cuanto se recuperan unas horas de sueño, ya que están ligadas a rasgos que pueden acompañarte desde siempre, a temporadas de estrés o a hábitos que a veces pasan desapercibidos aun cuando influyen mucho más de lo que crees.

Por qué aparecen esas sombras que tanto molestan.

Cuando se habla de ojeras se tiende a imaginar algo muy simple, aunque en realidad intervienen varios factores que se entrelazan de manera constante, dando como resultado tonalidades azuladas, marrones o violáceas que parecen dibujadas a propósito debajo de los ojos. Hay personas cuyo rostro muestra esa zona más oscura por cuestiones hereditarias, ya que hay familias en las que la piel del párpado inferior es tan finita que deja ver la red de vasos sanguíneos como si fuese un papel translúcido, provocando una sombra persistente que acompaña a la persona prácticamente a diario y que, además, se intensifica cuando el cansancio aparece por semanas más movidas de lo normal.

Otras veces las ojeras surgen por variaciones de pigmentación que hacen que la zona adopte un tono más marcado, mostrando un color más terroso que se nota especialmente cuando la iluminación del lugar cae un poco o cuando la persona se ve obligada a pasar demasiadas horas frente a pantallas, ya que la fatiga visual acaba acentuando la mirada. También es habitual que cambios como alergias estacionales, congestión o rachas de mala alimentación generen un ligero abultamiento o una coloración diferente, provocando que esa parte de la cara adquiera una forma que recuerda a cuando te levantas después de una noche larga y sientes que la cara no termina de despertarse del todo.

Hay quien nota que la repercusión emocional del estrés deja su rastro ahí mismo, al mismo tiempo que la falta de descanso va rematando el cuadro, y es bastante habitual que durante épocas de más agobio las ojeras parezcan tatuadas, aunque la persona duerma un número razonable de horas. Todo esto hace que muchas veces se tienda a buscar soluciones rápidas cuando el origen suele ser un conjunto de pequeños factores que se juntan sin avisar.

Cambios cotidianos que ayudan más de lo que parece.

Aunque es verdad que hay quien tiene ojeras prácticamente desde pequeño y que no desaparecen del todo por muchas rutinas que se apliquen, sí hay gestos sencillos que pueden aliviar bastante su apariencia, siempre que se mantengan con cierta constancia y no solo como un intento desesperado cuando ya está todo muy marcado. Mantener una buena hidratación, por ejemplo, hace que la piel recupere algo de elasticidad y que la zona no se vea tan apagada, ya que cuando el cuerpo va justo de agua, el rostro lo muestra de forma clara en la parte más fina, que es el contorno.

Dormir lo suficiente ayuda más de lo que parece, y no hace falta obsesionarse con horas exactas, sino ajustar una rutina que permita descansar sin tantas interrupciones, ya que la calidad del sueño tiene más influencia que la cantidad. Quien haya pasado una noche entera dando vueltas sabe que no es lo mismo dormir ocho horas mal que seis horas bien, puesto que el cuerpo nota mucho esa diferencia y la mirada también.

La alimentación influye sin que uno sea consciente, y basta con varios días de comidas rápidas o desordenadas para que el rostro lo acuse, ya que una dieta demasiado salada o muy calórica favorece pequeños edemas que se instalan justo en el párpado inferior. Algo parecido pasa cuando se abusa de pantallas, que terminan generando cansancio ocular, y ese cansancio, poco a poco, oscurece la zona aunque no te des cuenta en el momento.

A veces también ocurre que ciertos productos cosméticos que se usan pensando que ayudan terminan irritando un poco la piel o saturando la zona, y por eso viene bien revisar qué se está aplicando y cómo responde el rostro, ya que cada persona tiene una tolerancia distinta. Un ejemplo muy común es el de quien usa una crema demasiado densa por la noche y se levanta con la zona más hinchada, creyendo que las ojeras han empeorado cuando, en realidad, es una reacción al propio producto.

Cuando todo esto se combina con rutinas sencillas como descansar la vista un minuto después de ratos largos frente al ordenador o mantener una buena ventilación en casa para evitar congestiones, la mejoría suele notarse de forma progresiva, aunque no sea inmediata.

Ese momento en el que las soluciones caseras se quedan cortas.

Llega una etapa en la que muchas personas sienten que han probado de todo y que, aun así, sus ojeras siguen igual, y es precisamente cuando aparece esa mezcla de frustración y resignación que provoca que uno piense que no hay nada que hacer. Sin embargo, la realidad es que hay ojeras cuya presencia no depende tanto de los hábitos o del estilo de vida, ya que en algunas personas se debe a la anatomía del propio rostro, especialmente cuando existe un pequeño hundimiento en el surco lagrimal que acentúa la sombra incluso en días de máxima energía.

Ese hundimiento puede ser sutil, aunque suficiente para proyectar una sombra permanente que da sensación de cansancio, y quienes lo tienen suelen pensar que es una manía personal porque creen que nadie más lo nota, cuando en realidad sí influye bastante en la expresión general, haciendo que la mirada parezca más apagada. En esas situaciones, los cambios cotidianos ayudan, aunque no llegan a cambiar por completo la apariencia de la zona, y es cuando algunas personas se plantean consultar con profesionales que evalúen el origen real de la ojera sin que ello implique hacer algo invasivo.

Según explican los especialistas de Clínica de párpados, el análisis personalizado es lo que permite entender qué tipo de tratamiento resulta más adecuado para cada persona, puesto que la estructura del párpado inferior varía bastante entre individuos y no todas las ojeras se deben al mismo motivo. Esa valoración profesional resulta útil en casos donde la pigmentación es muy marcada o donde el hundimiento acentúa la sombra incluso con una iluminación neutra, algo que muchas veces pasa desapercibido hasta que alguien experto lo observa.

Lo más habitual es que la persona se sorprenda al descubrir que la ojera no siempre responde a lo que pensaba y que, con un tratamiento adaptado, la expresión del rostro cambia de manera muy natural, ya que cuando desaparece la sombra constante la mirada recupera un brillo que la gente nota sin saber exactamente qué ha cambiado.

El día a día con ojeras y las pequeñas cosas que condicionan cómo te ves.

Vivir con ojeras hace que adoptes ciertos hábitos sin pensarlo, como controlar la luz del baño para que no acentúe la oscuridad de la zona o recurrir de forma automática al corrector porque se ha convertido en parte de la rutina diaria. También condiciona la manera en que te ves en fotos, ya que la iluminación y los ángulos suelen intensificar la sombra, generando la impresión de que transmites más cansancio del que realmente sientes y dejando una sensación incómoda al mirarte en la imagen.

Además, influye en cómo los demás interpretan tu estado, ya que es habitual que te pregunten si estás cansado incluso en días en los que te encuentras bien. Esto termina afectando a tu percepción, especialmente en momentos de más trabajo o estudio, cuando las ojeras se marcan todavía más y cambian la expresión del rostro, lo que lleva a muchas personas a buscar formas de suavizar su apariencia para sentirse más acordes con cómo se ven internamente.

Cómo cuidar esa zona sin obsesionarse con ella.

A veces el mayor problema no es la ojera en sí, sino la presión que genera sentir que tiene que desaparecer por completo, y conviene recordar que el rostro no es una superficie perfecta sino un conjunto de rasgos que forman parte de cada uno. Cuidar el contorno de ojos puede convertirse en algo muy agradable si se plantea como un gesto suave y diario, sin obsesiones, aplicando productos ligeros que reduzcan la sensación de tirantez y generen un pequeño alivio que se nota tanto en el tacto como en el aspecto general.

Es útil observar cómo reacciona la zona a cambios en los hábitos, porque a veces el cuerpo responde mejor a un descanso algo más regular que a cualquier crema, y es frecuente que un pequeño ajuste en la rutina mejore la expresión facial más de lo esperado. También ayuda vigilar cuánto tiempo pasas frente a pantallas y hacer pequeñas pausas visuales para evitar que esa fatiga se acumule, ya que el contorno es una zona muy sensible que acusa en seguida cualquier exceso.

No hace falta complicarse demasiado para notar una diferencia. Quien haya pasado una tarde larga viendo capítulos de una serie sin parar habrá experimentado esa sensación de pesadez que se queda en la mirada, y basta con hidratar bien el contorno y descansar un rato para sentir que la zona se aligera. Algo parecido ocurre cuando se pasa un día entero al aire libre sin proteger la piel y aparece un ligero enrojecimiento que oscurece aún más esa parte, por eso conviene aplicar fotoprotector en esa zona igual que en el resto del rostro, ya que la exposición solar influye en la pigmentación con bastante facilidad.

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